Espejo
Mirás al espejo y no hay nada. No hay reflejo. Quizás veas una silueta, una persona, que en teoría sos vos, pero que ya no reconoces. No te ves, no te encontrás, te pones ropa para que nadie te observe, pasas por las vidrieras y te tapas, agachas la cabeza, perdiste tu aroma, tu alegría, tu personalidad, te perdiste. Porque te quisiste perder. Te cansaste de ser el centro de atención, de que todas las miradas se dirijan a vos. Porque eso irrita, eso cansa y desgasta. No batís el café, lavas el mate, te encerras, buscas el bar que nadie conoce, te olvidaste del cine, de la cerveza, de las personas que te quieren. Porque sí, todavía afuera hay personas que quieren, que te quieren, y que te extrañan. Personas que extrañan tu risa, tu caminar, tus puteadas, tu desparpajo, tu todo. Aunque creas que no, yo te juro que sí.
“Hasta que yo no me quiera, nunca te voy a poder querer”, me dijeron un día. No supe qué contestar, me quedé helado. Sentí que cualquier cosa que dijera no iba a servir. Pensé que no tenía nada que hacer. Y eso hice. Nada. Me lo tomé personal. Y cometí un gran error, porque yo sí quería, y eso era lo que importaba.
No importa que hoy no te veas, afuera hay gente que espera, gente que sí, como nos gusta decir a nosotros.
Mañana no vas a ser el centro de atención, vas a ser quien quieras, mañana vas a elegir. Vas a elegir con quien estar y con quien no, vas a elegir a dónde ir, qué comer, qué ropa usar. Vas a volver a mirar al espejo, y te vas a ver.
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